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Los romanos no dividían el día en 24 partes iguales. Distinguían entre tiempo de luz y tiempo de oscuridad, la duración de los cuales variaba según las estaciones del año. El tiempo de luz estaba dividido en 12 partes o horas: hora prima, hora secunda, hora tertia, hora quarta, hora quinta, hora sexta, hora septima, hora octava, hora nona, hora decima, hora undecima y hora dudodecima. El amanecer marcaba la hora prima; el mediodía, la hora sexta; la puesta de sol, la hora duodecima. Así pues, en latín, las horas se expresaban con números ordinales. La noche estaba dividida en 4 partes atendiendo a los turnos de vigilancia de los campamentos militares: prima vigilia, secunda vigilia, tertia vigilia y quarta vigilia.
Según nos cuenta Ortega Cervigón (1999), para el hombre de la alta Edad Media el tiempo tenía dos referentes fundamentales: uno de carácter físico, el sol; otro de tipo cultural, las campanas de la iglesia. Así, por un lado, se subraya la dependencia del hombre hacia la naturaleza y, por otro, la religión cristiana está presente en todas las esferas de la vida humana. La jornada se amoldaba a ambas referencias. La salida del sol era la señal del comienzo y su puesta el final. Por otra parte, las horas canónicas (o horas de los rezos) se superpusieron a este sistema básico de contabilización del tiempo, dividiendo las 24 horas del día y de la noche. Cada tres horas las campanas de las iglesias de los monasterios anunciaban la hora del rezo que recibía los nombres siguientes: prima 'el rezo después de la salida del sol, aproximadamente a las 6 de la mañana'; tercia, que significaba la tercera hora después de la salida del sol, 'el rezo aproximadamente a las 9 de la mañana'; sexta, 'el rezo del mediodía o las 12 horas'; nona 'el rezo de las 3 de la tarde'; vísperas 'el rezo a la puesta de sol, entre las cuatro y media y las 6 de la tarde'; completas 'el rezo a las 9 de la noche'; maitines 'el rezo de la medianoche'; y laudes 'el rezo a las 3 de la mañana'. En los rezos se recitaban o cantaban partes del breviario. Al igual que en las horas romanas, la duración de cada intervalo de tiempo dependía de la situación física del monasterio y de las estaciones. La preocupación por la diversa duración del día y la noche según el lugar y la época del año fue una constante en la ciencia antigua y medieval.
Por lo tanto, respecto al texto, el caballero Çifar y su mujer llegan aora de terçia a un monte, es decir, por la mañana, hacia las 9, y a ora de biesperas o a la puesta del sol a una ciudad.
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Última actualización: 21/10/2008 |